Sin exagerar, diríamos que el radicalismo atraviesa el peor momento de su historia. La vida partidaria se ha reducido a la actividad del Presidente y su círculo más estrecho. No hay debate interno sobre nada. Solo instrucciones de índole personal acotadas a estos mismos. El resto de la orgánica partidaria ni siquiera languidece. Simplemente muere. Es el peor de los mundos. Una mala conducción del Partido, al menos suscita reacciones en contra. La actual, como no existe, solo genera indiferencia y hasta olvido. El PRSD va expirando lentamente, con mucha pena y escasa gloria, por simple desdén de algunos que no hacen nada para salir de esta condición ni permiten que otros lo hagan. Si no fuera por las presidencias rotativas que estableció la Concertación, ignoraríamos que todavía alguien ejerce al menos la representación del Partido. Esas son señales de vida, pero prestadas. Más bien, un acto caritativo de nuestros aliados.
Los responsables de esta situación no pueden pretender seguir en lo que están, porque son los artífices del naufragio y lo que el Partido necesita es un equipo de rescate. Para hundirlo, basta con lo que hay.

